Formar parte de los ocho planetas del Sistema Solar y ser uno de los miles de cuerpos celestes que orbitan alrededor de estrellas lejanas y diferentes al Sol, hacen de la Tierra un mundo en constante actividad galáctica, de la cual es difícil estar plenamente a salvo aunque se posea mayor información que en el pasado.

Según el profesor titular de la Universidad de Los Andes (ULA) del estado Mérida, Marcos Peñaloza-Murillo, la amenaza de impactos de asteroides y cometas no es algo nuevo. Sin embargo, la tecnología para detectarlas a tiempo ha hecho que el desplazamiento de dichos objetos por el espacio sea de gran interés para la comunidad científica y el público en general.

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“Por lo tanto, el tema se ha popularizado y ha crecido la preocupación y el estudio por los efectos de esos choques contra el planeta”, explicó Peñaloza durante una conferencia dictada recientemente en el Centro de Física del Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas (Ivic).

Si bien los cometas y asteroides son residuos extraterrestres que giran en torno al astro rey, los primeros están formados de hielo, polvo y material rocoso, mientras que los segundos están hechos de metales y rocas.

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Esperando lo inevitable

El impacto de cometas y asteroides es considerado un causante natural de catastrofismos terrestres, cuyas perturbaciones ambientales -dependiendo de las características del proyectil y de las condiciones del choque- serían capaces de vulnerar las capas sólida (litosfera), líquida (hidrosfera) y gaseosa (atmósfera). Ciertamente, la evidencia de estos fenómenos cósmicos ha aumentado en los últimos años gracias al desarrollo de poderosos instrumentos de observación y medición astronómica y al avance de la ciencia, pero eso no significa que tales colisiones ocurrieran en presencia de la raza humana.

Hoy en día, aun se sostiene que los dinosaurios se extinguieron hace 65 millones de años, producto de los cambios suscitados en la atmósfera terrestre posterior al impacto de un asteroide (no al instante del choque). Algunos expertos señalan como prueba de ese cataclismo la existencia del gigantesco cráter Chicxulub, ubicado en la región de Yucatán en México, con 180 kilómetros de diámetro.

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Con un modelo simple de balance de energía, Peñaloza-Murillo analizó cómo sería el proceso de calentamiento-enfriamiento radiativo a raíz de un efecto de invernadero y/o anti-invernadero, cuando hipotéticamente entrara a la atmósfera terrestre polvo mineral adicional en términos de millones de años.

Si uno de estos cuerpos estelares efectivamente lograra penetrar el escudo protector de la Tierra y produjera un cráter al interior de la misma, “el material eyectado pudiera alterar la atmósfera y cambiar sus propiedades ópticas, generando daños a mediano y largo plazo”, informó el experto de la ULA, Marcos Peñaloza-Murillo.

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Menos calor, menos vida

Cuando se habla de propiedades ópticas de la atmósfera se hace referencia a un conjunto de variables que se ven alteradas por la transferencia de energía radiativa después del impacto.

Cuanto mayor sea la energía de la colisión, mayor será la opacidad óptica, entendida como la cualidad de impedir el paso de la luz debido al polvo y el humo suspendido en el aire. “La temperatura sería la respuesta más palpable y sensible que se pudiera estudiar en ausencia de menos radiación solar”, dijo.

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Entre las propiedades ópticas importantes se encuentran el espesor óptico, transmisión, albedo, coeficiente de extinción específico, parámetro de invernadero, índice de refracción y factor de asimetría, entre otros.

Para tener una idea, el profesor Peñaloza-Murillo tomó como ejemplo la histórica erupción del volcán Krakatoa en Indonesia en el año 1883. Las explosiones expulsaron 18 kilómetros cúbicos de material a la estratosfera y alcanzaron los 80 kilómetros de altura, opacando completamente la visibilidad y haciendo explotar la isla en pedazos. Un choque de asteroide o cometa igualmente provocaría el descenso de la temperatura extrema de los océanos a casi -100 °C.

Fuente: Vanessa Ortiz Piñango / Prensa IVIC, Agencias

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