La tauromaquia es una de las formas más crueles de abuso animal. Cada año se torturan y matan a más de 250.000 toros y vacas a nivel mundial en corridas de toros y eventos similares. En Venezuela esta práctica fue impuesta durante la colonización española pero no fue sino hasta el siglo XIX que comenzó a tener cierta popularidad.

Actualmente algunos municipios en nuestro país han prohibido las corridas de toros, tal es el caso de Naguanagua (que también prohibió los circos con animales), en el estado Carabobo y Carrizal en Miranda. En ciudades como San Antonio, Maracaibo, Maracay y Mérida, el acceso de menores de edad a corridas de toros fue prohibido por recursos de amparo interpuestos a través de la Lopna y Caracas es una de las primeras capitales latinoamericanas que se declaró antitaurina.

¿Y esto por qué?, veamos algunos argumentos que demuestran la invalidez de una “tradición” que evoca solo violencia y barbarie con el pretexto de ser un “arte”.

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Las corridas de toros no son un arte

El arte es un proceso de creación y construcción, que da vida, no la quita. El toreo en cambio es una expresión de una visión del mundo, en la cual el humano no forma parte de la naturaleza, sino que está por encima de ésta y la somete a su voluntad; es una visión egoísta y antropocentrista (el humano como centro del Universo) en la que las vidas del resto de individuos con los que compartimos el planeta, carecen de importancia, y sólo tienen un valor como bienes de uso o de cambio, objetos al servicio de los humanos, esclavos.

La finalidad comunicativa de esta visión del mundo está clara: el toro es un animal fuerte y poderoso, pero el humano es capaz de engañarlo, humillarlo, someterlo y matarlo a su antojo, por lo que el humano es un ser superior. Eso es lo que pretenden comunicar las corridas de toros. En cuanto a la finalidad estética, ésta es bastante dudosa si el sadismo de los espectadores no llega a tanto como para encontrar belleza en un animal muriéndose, en las heridas, el miedo, los vómitos de sangre y el dolor.

Además, si se califica como arte la tauromaquia por haber servido de tema en cuadros o esculturas, simplemente debemos recordar, que también se han realizado impactantes obras sobre las guerras, fusilamientos o el martirio de los santos, y no por ello son costumbres a conservar.

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El toro sí sufre

Como cualquier animal cefalizado y con un sistema nervioso central, sí siente: si vemos a una mosca posarse sobre el lomo de un toro, apenas la percibe éste trata de espantarla. ¿Cómo no sentirá un toro la puya, las banderillas o la espada? ¿O acaso el toro se orina y defeca en la corrida, porque le da miedo escénico? Peor si pensamos que en los toros no sólo éste es torturado, muchas veces los caballos de rejoneadores y/o picadores también caen heridos…Y ellos también sienten.

La puya mide 9 cm. y en el 90% de las ocasiones se coloca fuera del lugar que los cánones taurinos dicen (morrillo) y provoca heridas de 20 o más cm. de profundidad. Habrá quién no comprenda como un instrumento cortante con un filo similar al de una cuchilla de bisturí del número 20, puede penetrar dos veces su tamaño o más, ya que han identificado puyazos de hasta 30 cm. de profundidad. La respuesta es sencilla: los picadores con el objeto de mermar lo más posible la capacidad física del toro, la utilizan como un sacacorchos, o hacen lo que se llama “mete-saca” y además, impiden la salida del toro del caballo cuando siente dolor con una maniobra ilegal que se llama “carioca”.

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La cultura de la muerte

En 1980, la UNESCO, máxima autoridad mundial en materia de cultura, emitió su opinión sobre las corridas de toros: “La tauromaquia es el infeliz y lucrativo arte de torturar y matar animales en público. Traumatiza a los niños y a los adultos sensibles. Agrava el estado de los neurópatas atraídos por estos espectáculos. Desnaturaliza la relación entre el hombre y el animal. En ello, constituye un desafío mayor a la moral, la educación, la ciencia y la cultura”.

La cultura entendida según el diccionario de la Real Academia Española como “un conjunto de modos de vida y costumbres, conocimientos y grado de desarrollo artístico, científico, industrial, en una época, grupo social, etc.” sólo será constructiva y válida mientras apueste por dar valor al ser humano, transformarlo en un ser más sensible, más inteligente, y más civilizado. La crueldad que humilla -a humanos o animales- y destruye por medio del dolor jamás se podrá considerar cultura. Esas sólo serán costumbres odiosas contra el mundo y contra sí mismos. Aún así, la AIT (Asoc. Internacional de Tauromaquia) ha pedido a la Unesco que la tauromaquia sea considerada parte de los “Bienes Intangibles del Patrimonio de la Humanidad”. Si la violencia, la crueldad y la barbarie son consideradas “Patrimonio de la Humanidad”, esta petición será acogida.

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Las corridas de toros no son un deporte

La definición de deporte según la RAE: “actividad física, ejercida como juego o competición, cuya práctica supone entrenamiento y sujeción a normas”; hasta aquí estaríamos de acuerdo. Pero, decir que el toreo es un deporte de competencia igualitaria entre dos rivales, es falso, pues esta condición no se cumple.

Los sucesivos escándalos por el afeitado de los toros (cortar o limar la punta de los cuernos al toro para que su lidia resulte menos peligrosa) o las investigaciones que han dejado ver la manera en que los toros son preparados para la corrida en toriles; dejan mucho que desear a una afirmación como que el enfrentamiento se da entre dos rivales en iguales condiciones. Hoy una corrida de toros es un espectáculo de engaño y falsedad, donde los “machos” se enfrentan a un animal completamente minado en sus facultades físicas mediante el cansancio y el dolor.

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La violencia como tradición

¿Desde cuándo las apologías a la violencia y la destrucción son dignas de perpetuamiento histórico?. Tradiciones como la esclavitud -que persisten hoy en día- nos horrorizan, ¿por qué no una tradición cruel y sadista como la fiesta de los toros?. Porque se trata de animales, seres autómatas para algunos, o medios al servicio de los fines humanos, para otros. Las tradiciones sustentadas en la violencia y el aniquilamiento no hacen más que perpetuar éstos comportamientos como dignos de práctica y seguimiento: si podemos matar un animal, ¿por qué no podremos matar también a nuestro enemigo político, o a todo aquel contra el que nuestras diferencias se vuelquen?.

Las tradiciones deben ser soporte de lo que nos define y construye, pero también de lo que esperamos en el futuro. La pretendida racionalidad de nuestras sociedades, y los nobles objetivos pacíficos en el mundo, están amenazados toda vez que dejamos a este tipo de tradiciones ser fundamento formativo de las nuevas generaciones.

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Dignidad falsificada

La dignidad es un valor y una categoría construida por los humanos para simbolizarnos cosas. Pero en las corridas de toros es utilizada para describir desde la perspectiva del toro lo que la muerte simboliza/(ría) para él. Para un animal como el toro, el dolor es el dolor y la muerte es la muerte, no son dignas ni indignas. La muerte es el fin de su vida.

Y mientras más rápido y de golpe suceda, mejor -al menos, esa sería para los humanos una muerte ideal-. Para un toro la corrida es la muerte inminente; porque se diga o no, toro que pisa la arena termina en la sala de despiece (aún los indultados que tras abandonar el ruedo la mayoría muere por las heridas recibidas). ¿Es digna una muerte lenta, dolorosa, torturante, asfixiante? ¿Una muerte en la que un toro es obligado a someterse a las torturas de un equipo de sádicos? ¿Que dicen amar y respetar a los toros? (tal vez los aman como una quimera y un ideal, si no no se explica la tortura a la que someten a cada ejemplar en la arena). Eso no es dignidad.

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Disfraz religioso

Decir que las corridas de toros “son parte de la tradición religiosa, que honra a la virgen y a algunos santos” es un gravísimo error. La iglesia en varias oportunidades, ha condenado la celebración de fiestas en que se torturen y maten animales. El papa Pío V en 1567 promulgó una bula en que “condena estos espectáculos torpes y cruentos”, estableciendo pena de excomulgación para clérigos, emperadores, reyes y cardenales que fomentaran dichos espectáculos.

En 1920 el secretario del Estado Vaticano, cardenal Gasparri declaró que “la iglesia continúa condenando en alta voz, tal como lo hiciera el papa Pío V, estos sangrientos y vergonzosos espectáculos”. Juan Pablo II, haciendo un estudio de la Biblia dice que “el hombre, salido de las manos de Dios, resulta solidario con todos los seres vivientes, como aparece en los salmos 103 y 104, donde no se hace distinción entre los hombres y los animales”. ¿Por qué los sacerdotes que promueven las fiestas patronales y las iglesias encargadas de ellas, hacen caso omiso de estas palabras de sus líderes? ¿Qué motivos tendrán de por medio?.

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El mito del toro “bravo”

El toro es un animal herbívoro. Gran parte de su vida consiste en buscar pastos para alimentarse, y no es bravo sino en las luchas territoriales, en la lucha por la reproducción y/o en situaciones de peligro. El toro es artificialmente manipulado y provocado para que responda de manera agresiva al torero. La casta brava de los toros ha sido genéticamente manipulada por el hombre para que sus ejemplares sean agresivos, tal como se han manipulado los ganados lecheros o de carne.

El toro bravo entonces fue criado y predeterminado por los criadores para ese destino. Fue un capricho y una voluntad humana, movida por diferentes intereses para los que el animal era un medio, lo que selló su suerte con ese destino. “Ni Dios ni la patria ni la tradición” hicieron del toro bravo lo que es. Fue el hombre quien lo manipuló y lo llevó a la medida de sus deseos. ¿Es justo darle vida a un animal para quitársela en un acto pleno de dolor y crueldad?

Fuente: Movimiento Antitaurino Merideño, ecosofia.org, Agencias

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